Hace tiempo, en un documental sobre psicosociología, pude confirmar que el concepto de arte esta, a veces, bastante supervalorado, o quizá lo correcto sería decir malinterpretado. Unos científicos japoneses, como no podía ser menos, ponían a un chimpancé al lado de un lienzo en blanco y botes de pintura de colores diversos. La idea era, que el primate, esbozara manchas de pintura sobre el lienzo virgen, de forma aleatoria. Tras algunos días de espera, el resultado obtenido fue lo suficientemente válido como para utilizarlo en el experimento. Sólo quedaba rubricar la “obra” con la firma de un pintor conocido contemporáneo y esperar resultados.

El “cuadro” en cuestión se subastó por una buena cantidad de dinero, ignorando, por parte de los compradores, teóricos expertos en arte abstracto, la procedencia de su adquisición. Esta situación me hizo recordar mi visita en mis años colegiales al Museo de arte contemporáneo de Madrid, en donde no fui capaz de distinguir un elemento pictórico de los extintores colgados en las esquinas de cada sala. Podría ser culpa de la edad, de mi poca inteligencia por aquella época, sin embargo, con el paso de los años, y una nueva visita, volví a tener la misma sensación de abandono interior.

Tal vez pueda pecar de ignorante, inculto o insensible, pero aún sigo siendo incapaz de interpretar con ojos positivos una “obra” de Miró o Tapies, incluso caigo en el atrevimiento de apostar por mis superiores habilidades para realizar tal garabateo de líneas y curvas indiscriminadas. Puedo entender una explosión de colores en un Van Gogh, la tenebrosidad de un Greco, el casticismo de un Velázquez, la turbulencia de un Goya, el surrealismo de un Dalí, la luz de un Soroya y la geometría de un Picasso, pero a un conjunto de manchas coloreados de forma deforme, sin orden ni concierto, me niego a darles un hueco en mi humilde entendimiento. No entiendo determinado arte contemporáneo, lo admito, es más, establezco una disidencia hacía el arte llamado así, simplemente por el hecho de estar colgado de una sala más o menos lujosa.

Quizá no este siendo muy cortes con los postulados de Adorno respecto al arte y su conceptualización, pero, por decirlo de algún modo, mas allá del Naif no va mi entendimiento. Reclamo una disidencia aplicada a todo arte trapisonda y comercial, en donde, el valor de un “cuadro” se mide por la dimensión popular de la firma residente en alguna de sus esquinas inferiores.

Tuve tiempo de volver sobre estas opiniones en una larga visita a la Facultad de Bellas Artes de Madrid. Ahora la escultura fue el objeto de mi “disidencia artística”. Una pinza de tender, un lápiz y un alambre, conformaban un conjunto “antiestético” que pretendía ser la significación de una inspiración profunda. Si Miguel Ángel levantará la cabeza, o incluso, el mismo Berruguete, con su juego escultural de ídolos evangélicos, me resulta, a pesar de mi falta de fe cristiana, más atractivo, que aquellas deformidades observadas aquella tarde. Cierto es que caigo en un argumento comparativo bastante burdo y simple, pues poner como ejemplo al artícife de la Sixtina no resulta muy honrado por mi parte, pero, para que andarse con zarandajas. Si, es verdad, que la teoría de Adorno, propone un arte multivariable, multicultural y sobre todo multisensitivo, pero hay ciertas valoraciones que puestos a ser disidente serio, debe uno radicalizar, a pesar de lo funesto de esta costumbre.

El teatro, amo el teatro, me gusta el teatro, pero debo ser consecuente conmigo mismo, Hamlet es Hamlet, fue concebido como tal, en una época determinada, a pesar de que su mensaje perdura hasta la sociedad de nuestros días, al igual que múltiples obras de Shakespeare. No puedo quedarme si realizar una nueva disidencia ante ese nuevo teatro que trata de sacar de su concepción primigenia la obra en cuestión. Hoy, Hamlet lleva vaqueros y fuma hachis, Ofelia se enfunda en un traje de látex provocador y Laertes venga su orgullo con SMS desafiantes. Se intenta sacar del clasicismo a los clásicos, llevarlos a un punto modernista, donde el espectador pueda verse más reconocido en cada uno de los personajes y situaciones, sin embargo, esto sólo trae la pérdida de la esencia teatral original. Hecho de menos el Don Juan de los difuntos, el que llama al cielo y desafía a los infiernos y disiento de ese otro Don Juan descafeinado y modernista que parece sacado de una ópera Rock.

No entiendo el arte, ¿será esta la conclusión final? Supongo que a fin de cuentas Adorno tenía razón y existen tantos “artes” como seres humanos, ojos y oídos para detectarlos. Pero en la libertad que me otorgan estas líneas, disiento del arte impuesto, es una disidencia dinámica y expectante, pues tal vez, en otra ocasión consiga ver la “luz” y descubrir la razón de pagar una considerable cantidad de dinero por los garabatos de un simio, o la de encerrar en una vitrina un alambre deforme. Quizá incluso, sea capaz de tocar un solo eléctrico con Doña Inés, a pesar de no saber tocar ni una sola nota a la guitarra.